jueves, 18 de febrero de 2016

Porque sí.

Uno ama porque ama. No hay razones. No hay fundamentos. Sólo un irresistible deseo. Una tormenta furiosa que surge de su interior. Una corriente que discurre ante los ojos y a la que uno no puede oponerse, sólo abandonarse. “Aunque me consuma entre las llamas, aunque desaparezca para siempre…”. No hay elección: sólo un tirano dictándole su capricho a un cuerpo que inútilmente resiste. Resiste quedarse a pesar de todo, resiste volver al lugar de donde nunca debió haber partido…
Pero sí, hay indicios. Concretos. Justificaciones a posteriori de un amor que no necesita excusas ni explicaciones. Pero –seres racionales, al fin- pretendemos enumerar los motivos por los cuáles amamos.
Entonces pienso en tu calor. Ardo de saber que voy a tocarte. Tu abrazo me abrasa. En tu olor. Quiero envolverme en él a cada hora, en cada momento, respirar tu cuello. Tu carácter, que me arrasa. La mirada de tus ojos de color indescifrable. Tus carcajadas. Los besos interminables, tu lengua inquieta. Esas manos fuertes y expertas; tu toque suave. La vitalidad de tu cuerpo todo…
No te amo por eso. Pero serían buenos motivos para hacerlo.

Te amo porque te amo. Y mucho.

domingo, 31 de marzo de 2013

A morte devagar - Muere lentamente

Aun estas a tiempo

Morre lentamente quem não troca de idéias, não troca de discurso, evita as próprias contradições.

Morre lentamente quem vira escravo do hábito, repetindo todos os dias o mesmo trajeto e as mesmas compras no supermercado. Quem não troca de marca, não arrisca vestir uma cor nova, não dá papo para quem não conhece.

Morre lentamente quem faz da televisão o seu guru e seu parceiro diário. Muitos não podem comprar um livro ou uma entrada de cinema, mas muitos podem, e ainda assim alienam-se diante de um tubo de imagens que traz informação e entretenimento, mas que não deveria, mesmo com apenas 14 polegadas, ocupar tanto espaço em uma vida.

Morre lentamente quem evita uma paixão, quem prefere o preto no branco e os pingos nos is a um turbilhão de emoções indomáveis, justamente as que resgatam brilho nos olhos, sorrisos e soluços, coração aos tropeços, sentimentos.

Morre lentamente quem não vira a mesa quando está infeliz no trabalho, quem não arrisca o certo pelo incerto atrás de um sonho, quem não se permite, uma vez na vida, fugir dos conselhos sensatos.

Morre lentamente quem não viaja, quem não lê, quem não ouve música, quem não acha graça de si mesmo.

Morre lentamente quem destrói seu amor-próprio. Pode ser depressão, que é doença séria e requer ajuda profissional. Então fenece a cada dia quem não se deixa ajudar.

Morre lentamente quem não trabalha e quem não estuda, e na maioria das vezes isso não é opção e, sim, destino: então um governo omisso pode matar lentamente uma boa parcela da população.

Morre lentamente quem passa os dias queixando-se da má sorte ou da chuva incessante, desistindo de um projeto antes de iniciá-lo, não perguntando sobre um assunto que desconhece e não respondendo quando lhe indagam o que sabe.


Morre muita gente lentamente, e esta é a morte mais ingrata e traiçoeira, pois quando ela se aproxima de verdade, aí já estamos muito destreinados para percorrer o pouco tempo restante.

Que amanhã, portanto, demore muito para ser o nosso dia. Já que não podemos evitar um final repentino, que ao menos evitemos a morte em suaves prestações, lembrando sempre que estar vivo exige um esforço bem maior do que simplesmente respirar.


Muere lentamente quien no cambia de ideas, ni cambia de discurso, quien evita las propias contradicciones.

Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos trayectos y las mismas compras en el supermercado. Quien no cambia de marca, no arriesga vestir un color nuevo, no da algo a quien no conoce.

Muere lentamente quien hace de la televisión su gurú y su pareja diaria.
Muchos no pueden comprar un libro o una admisión de cine, pero muchos pueden, y aún así se alienan delante de un tubo de imágenes que trae la información y el entretenimiento, pero que no debería, pues con sólo 14 pulgadas, ocupar tanto espacio en una vida.

Muere lentamente quien evita una pasión, quien prefiere el negro sobre blanco y los puntos sobre las “íes” a un remolino de emociones indomables, justamente las que rescatan el brillo de los ojos, sonrisas e hipos, corazones a los tropiezos y sentimientos.

Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo, quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien no se permite por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos.

Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música, quien no encuentra gracia en si mismo.

Muere lentamente quien destruye su amor propio. Puede ser la depresión, esa enfermedad es grave y requiere ayuda profesional. Luego sucumbe cada día quien no se deja ayudar.

Muere lentamente quien no trabaja y quien no estudia, y la mayoría de las veces es una opción y, sí, destino: entonces un gobierno en silencio puede matar lentamente una buena parte de la población.

Muere lentamente, quien pasa los días quejándose de su mala suerte o de la lluvia incesante, desistiendo de un proyecto antes de empezarlo, el que no pregunta acerca de un asunto que desconoce o no responde cuando le indagan sobre algo que sabe.

Muchas personas mueren lentamente, y esta muerte es una muy ingrata y traicionera, porque cuando se acerca de verdad, ya estamos muy destrozados para caminar en el corto tiempo que resta.

Que mañana, por tanto, demore mucho para que sea nuestro día. Dado que no podemos evitar un final repentino, por lo menos evitar la muerte en suaves prestaciones, recordando siempre que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor que simplemente respirar.


MARTHA MEDEIROS

martes, 15 de mayo de 2012

Cuarenta y ocho

"...Jorge Allen trotaba por la niebla a paso de fugitivo. Una vez más, estaba acorralado por la pluralidad de complicaciones amorosas. Acababa de dejar en su casa a Pilar Barrientos, una estudiante de Farmacia cuya hermosura ya no lo entusiasmaba tanto. Ahora, marchaba muy atrasado a encontrarse con Irene, una maestra que se complacía de darle órdenes escolares.
Al saltar un charco, se sintió un poco avergonzado. Ya era un hombre grande y todo seguía igual. Veinte años antes, tal vez mientras corría de un romance a otro, había conjeturado que la suya era una búsqueda, una peregrinación que iba a detenerse únicamente al encontrar a una mujer señalada e insustituible. Con el tiempo, vino a darse cuenta de que todas eran señaladas e insustituibles y que no deseaba renunciar a ningún amor, a ninguna emoción, a ninguna entrega.
Llegó a la plaza demasiado tarde. Irene ya se había ido. Lamentó no haber calculado adecuadamente sus tardanzas. Caminó en dirección a su casa y dejó que unos pensamientos melancólicos bailaran solos en su cabeza y se combinaran a su antojo. Enseguida pudo ver que su suerte con las mujeres iba decayendo. Aún conservaba una gran eficacia, pero ya no era el mismo que, en temporadas no muy lejanas, tenía la absoluta certeza de conseguir el amor de cualquier mujer que se le antojara. Sintió un escalofrío mientras imaginaba un futuro de invariable rechazo, de humillación constante.
La niebla se hizo muy espesa. Le pareció que desde el interior de las casas, voces de sabihonda entonación le susurraban frases consagradas.
-El que busca tantas mujeres es porque en realidad no puede amar a ninguna.
-Es temor al compromiso. Cuando una relación se hace profunda, uno se escapa.
-Es falta de madurez. Propia de alguien que no puede proyectar, ni afrontar las consecuencias de sus acciones.
Allen empezó a correr para dejar a tras a aquellas voces. Pasaba frente a las ventanas como una flecha, más rápido que los consejos, dejando a  los fantasmas con la palabra en la boca-
-Llegará una mujer que…
-Cuando ninguna te haga caso…
-Si uno no se entrega…
-Una compañera para siempre…
En la última cuadra oyó invocaciones que surgían desde todos los rincones del barrio y gritaban nombres de mujer.
-¡Adriana!
-¡Ana!
-¡Cecilia!
-¡Valeria!
-¡Mabel!
Allen entró por el pasillo a toda velocidad, se metió en su casa y se escondió bajo las cobijas de su cama resoplando de cansancio y de terror..."
ALEJANDRO DOLINA. Cartas Marcadas. Capítulo 18. Amores en la noche. (El título de la entrada me pertenece)

domingo, 5 de febrero de 2012

Carta para un hijo atemorizado.



Hijo: pase lo que pase, hoy mira hacia adelante. Supera tus temores y mira adelante. Trata de reponerte de las sucesivas palizas estivales, y mira hacia adelante. Cuando escuches la nada misma, ese silencio atroz que suele bajar del cielo mientras tropiezas y caes, mira hacia adelante. Es más, puedes mirar incluso hacia atrás. Pero no mires al costado, porque creerás ver a tu Padre, corporizado en aquel gladiador incansable cuya línea pocos se atrevían a traspasar. No mires al banco hijito, porque retumbará en tu interior el grito que te paralizaba las piernas ... "...Giunta...huevo ...". Mira adelante, y quizás, empates.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Líricos y épicos




Entre los hombres que van tras muchas mujeres podemos distinguir fácilmente dos categorías. Unos buscan en todas las mujeres su propio sueño, subjetivo y siempre igual, sobre la mujer. Los segundos son impulsados por el deseo de apoderarse de la infinita variedad del mundo objetivo de la mujer.

La obsesión de los primeros es lírica: se buscan a si mismos en las mujeres, buscan su ideal y se ven repetidamente desengañados porque un ideal es, como sabemos, aquello que no puede encontrarse. El desengaño que los lleva de una mujer a otra le brinda a su inconstancia cierta disculpa romántica, de modo que muchas mujeres sentimentales pueden sentirse conmovidas por su terca poligamia.

La segunda obsesión es épica y las mujeres no ven en ella nada conmovedor: el hombre no proyecta sobre las mujeres un ideal subjetivo, por eso todo le resulta interesante y nada puede desengañarlo. Y es precisamente esa incapacidad para el desengaño lo que contiene algo de escandaloso. La obsesión del mujeriego épico le produce a la gente la impresión de que no se ha pagado nada a cambio de ella (no se ha pagado con el desengaño).

Debido a que el mujeriego lírico persigue siempre al mismo tipo de mujeres, nadie se da cuenta de que cambia de amantes; los amigos le crean permanentemente conflictos porque no son capaces de diferenciar a sus amigas y les atribuyen siempre el mismo nombre.

Los mujeriegos épicos se alejan cada vez más, en su búsqueda del conocimiento, de la belleza femenina convencional, de la que se han hartado rápidamente, y terminan indefectiblemente como coleccionistas de curiosidades. Saben que lo son, les da un poco de vergüenza y, para no poner a los amigos en aprietos, no suelen salir públicamente con sus amantes.


MILAN KUNDERA, La insoportable levedad del ser.

sábado, 15 de octubre de 2011

Tercer domingo de octubre






Hoy salen rosas, como antes.

A veces me pregunto,cómo es posible que no se me contagie tu envidiable vitalidad.

Amo tus milanesas y tus ñoquis.

Y tus tortillas, aunque no todos los huevos que rompés, terminen en la sartén.

Me gusta la abuela que sos. Adoro que mi hija te extrañe y te ame.

A mi tampoco me gustan los lavaderos, aunque son un mal necesario. Pero estamos contestes en que nadie plancha camisas como vos. Nadie.

Jugábamos a que yo te decía que te iba a hacer juicio, por hacerme tan lindo. Y vos decías que "...lindo lo hizo su padre. Yo lo hice bueno". No siempre las cosas salen bien, pero se de lo mucho que te esforzaste. El resto, es culpa exclusivamente mía.

Estos últimos meses en que volví a ser hijo -plenamente-, comprendí cual es tu máxima enseñanza. Estar en las buenas si te dejan, pero en las malas, siempre. Puedo -podemos- contar con vos en todo momento y a pesar de todo.

Tu legado, Esthercita, será la incondicionalidad.

Feliz día, vieja.