domingo, 31 de marzo de 2013

A morte devagar - Muere lentamente

Aun estas a tiempo

Morre lentamente quem não troca de idéias, não troca de discurso, evita as próprias contradições.

Morre lentamente quem vira escravo do hábito, repetindo todos os dias o mesmo trajeto e as mesmas compras no supermercado. Quem não troca de marca, não arrisca vestir uma cor nova, não dá papo para quem não conhece.

Morre lentamente quem faz da televisão o seu guru e seu parceiro diário. Muitos não podem comprar um livro ou uma entrada de cinema, mas muitos podem, e ainda assim alienam-se diante de um tubo de imagens que traz informação e entretenimento, mas que não deveria, mesmo com apenas 14 polegadas, ocupar tanto espaço em uma vida.

Morre lentamente quem evita uma paixão, quem prefere o preto no branco e os pingos nos is a um turbilhão de emoções indomáveis, justamente as que resgatam brilho nos olhos, sorrisos e soluços, coração aos tropeços, sentimentos.

Morre lentamente quem não vira a mesa quando está infeliz no trabalho, quem não arrisca o certo pelo incerto atrás de um sonho, quem não se permite, uma vez na vida, fugir dos conselhos sensatos.

Morre lentamente quem não viaja, quem não lê, quem não ouve música, quem não acha graça de si mesmo.

Morre lentamente quem destrói seu amor-próprio. Pode ser depressão, que é doença séria e requer ajuda profissional. Então fenece a cada dia quem não se deixa ajudar.

Morre lentamente quem não trabalha e quem não estuda, e na maioria das vezes isso não é opção e, sim, destino: então um governo omisso pode matar lentamente uma boa parcela da população.

Morre lentamente quem passa os dias queixando-se da má sorte ou da chuva incessante, desistindo de um projeto antes de iniciá-lo, não perguntando sobre um assunto que desconhece e não respondendo quando lhe indagam o que sabe.


Morre muita gente lentamente, e esta é a morte mais ingrata e traiçoeira, pois quando ela se aproxima de verdade, aí já estamos muito destreinados para percorrer o pouco tempo restante.

Que amanhã, portanto, demore muito para ser o nosso dia. Já que não podemos evitar um final repentino, que ao menos evitemos a morte em suaves prestações, lembrando sempre que estar vivo exige um esforço bem maior do que simplesmente respirar.


Muere lentamente quien no cambia de ideas, ni cambia de discurso, quien evita las propias contradicciones.

Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos trayectos y las mismas compras en el supermercado. Quien no cambia de marca, no arriesga vestir un color nuevo, no da algo a quien no conoce.

Muere lentamente quien hace de la televisión su gurú y su pareja diaria.
Muchos no pueden comprar un libro o una admisión de cine, pero muchos pueden, y aún así se alienan delante de un tubo de imágenes que trae la información y el entretenimiento, pero que no debería, pues con sólo 14 pulgadas, ocupar tanto espacio en una vida.

Muere lentamente quien evita una pasión, quien prefiere el negro sobre blanco y los puntos sobre las “íes” a un remolino de emociones indomables, justamente las que rescatan el brillo de los ojos, sonrisas e hipos, corazones a los tropiezos y sentimientos.

Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo, quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien no se permite por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos.

Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música, quien no encuentra gracia en si mismo.

Muere lentamente quien destruye su amor propio. Puede ser la depresión, esa enfermedad es grave y requiere ayuda profesional. Luego sucumbe cada día quien no se deja ayudar.

Muere lentamente quien no trabaja y quien no estudia, y la mayoría de las veces es una opción y, sí, destino: entonces un gobierno en silencio puede matar lentamente una buena parte de la población.

Muere lentamente, quien pasa los días quejándose de su mala suerte o de la lluvia incesante, desistiendo de un proyecto antes de empezarlo, el que no pregunta acerca de un asunto que desconoce o no responde cuando le indagan sobre algo que sabe.

Muchas personas mueren lentamente, y esta muerte es una muy ingrata y traicionera, porque cuando se acerca de verdad, ya estamos muy destrozados para caminar en el corto tiempo que resta.

Que mañana, por tanto, demore mucho para que sea nuestro día. Dado que no podemos evitar un final repentino, por lo menos evitar la muerte en suaves prestaciones, recordando siempre que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor que simplemente respirar.


MARTHA MEDEIROS

martes, 15 de mayo de 2012

Cuarenta y ocho

"...Jorge Allen trotaba por la niebla a paso de fugitivo. Una vez más, estaba acorralado por la pluralidad de complicaciones amorosas. Acababa de dejar en su casa a Pilar Barrientos, una estudiante de Farmacia cuya hermosura ya no lo entusiasmaba tanto. Ahora, marchaba muy atrasado a encontrarse con Irene, una maestra que se complacía de darle órdenes escolares.
Al saltar un charco, se sintió un poco avergonzado. Ya era un hombre grande y todo seguía igual. Veinte años antes, tal vez mientras corría de un romance a otro, había conjeturado que la suya era una búsqueda, una peregrinación que iba a detenerse únicamente al encontrar a una mujer señalada e insustituible. Con el tiempo, vino a darse cuenta de que todas eran señaladas e insustituibles y que no deseaba renunciar a ningún amor, a ninguna emoción, a ninguna entrega.
Llegó a la plaza demasiado tarde. Irene ya se había ido. Lamentó no haber calculado adecuadamente sus tardanzas. Caminó en dirección a su casa y dejó que unos pensamientos melancólicos bailaran solos en su cabeza y se combinaran a su antojo. Enseguida pudo ver que su suerte con las mujeres iba decayendo. Aún conservaba una gran eficacia, pero ya no era el mismo que, en temporadas no muy lejanas, tenía la absoluta certeza de conseguir el amor de cualquier mujer que se le antojara. Sintió un escalofrío mientras imaginaba un futuro de invariable rechazo, de humillación constante.
La niebla se hizo muy espesa. Le pareció que desde el interior de las casas, voces de sabihonda entonación le susurraban frases consagradas.
-El que busca tantas mujeres es porque en realidad no puede amar a ninguna.
-Es temor al compromiso. Cuando una relación se hace profunda, uno se escapa.
-Es falta de madurez. Propia de alguien que no puede proyectar, ni afrontar las consecuencias de sus acciones.
Allen empezó a correr para dejar a tras a aquellas voces. Pasaba frente a las ventanas como una flecha, más rápido que los consejos, dejando a  los fantasmas con la palabra en la boca-
-Llegará una mujer que…
-Cuando ninguna te haga caso…
-Si uno no se entrega…
-Una compañera para siempre…
En la última cuadra oyó invocaciones que surgían desde todos los rincones del barrio y gritaban nombres de mujer.
-¡Adriana!
-¡Ana!
-¡Cecilia!
-¡Valeria!
-¡Mabel!
Allen entró por el pasillo a toda velocidad, se metió en su casa y se escondió bajo las cobijas de su cama resoplando de cansancio y de terror..."
ALEJANDRO DOLINA. Cartas Marcadas. Capítulo 18. Amores en la noche. (El título de la entrada me pertenece)

domingo, 5 de febrero de 2012

Carta para un hijo atemorizado.



Hijo: pase lo que pase, hoy mira hacia adelante. Supera tus temores y mira adelante. Trata de reponerte de las sucesivas palizas estivales, y mira hacia adelante. Cuando escuches la nada misma, ese silencio atroz que suele bajar del cielo mientras tropiezas y caes, mira hacia adelante. Es más, puedes mirar incluso hacia atrás. Pero no mires al costado, porque creerás ver a tu Padre, corporizado en aquel gladiador incansable cuya línea pocos se atrevían a traspasar. No mires al banco hijito, porque retumbará en tu interior el grito que te paralizaba las piernas ... "...Giunta...huevo ...". Mira adelante, y quizás, empates.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Líricos y épicos




Entre los hombres que van tras muchas mujeres podemos distinguir fácilmente dos categorías. Unos buscan en todas las mujeres su propio sueño, subjetivo y siempre igual, sobre la mujer. Los segundos son impulsados por el deseo de apoderarse de la infinita variedad del mundo objetivo de la mujer.

La obsesión de los primeros es lírica: se buscan a si mismos en las mujeres, buscan su ideal y se ven repetidamente desengañados porque un ideal es, como sabemos, aquello que no puede encontrarse. El desengaño que los lleva de una mujer a otra le brinda a su inconstancia cierta disculpa romántica, de modo que muchas mujeres sentimentales pueden sentirse conmovidas por su terca poligamia.

La segunda obsesión es épica y las mujeres no ven en ella nada conmovedor: el hombre no proyecta sobre las mujeres un ideal subjetivo, por eso todo le resulta interesante y nada puede desengañarlo. Y es precisamente esa incapacidad para el desengaño lo que contiene algo de escandaloso. La obsesión del mujeriego épico le produce a la gente la impresión de que no se ha pagado nada a cambio de ella (no se ha pagado con el desengaño).

Debido a que el mujeriego lírico persigue siempre al mismo tipo de mujeres, nadie se da cuenta de que cambia de amantes; los amigos le crean permanentemente conflictos porque no son capaces de diferenciar a sus amigas y les atribuyen siempre el mismo nombre.

Los mujeriegos épicos se alejan cada vez más, en su búsqueda del conocimiento, de la belleza femenina convencional, de la que se han hartado rápidamente, y terminan indefectiblemente como coleccionistas de curiosidades. Saben que lo son, les da un poco de vergüenza y, para no poner a los amigos en aprietos, no suelen salir públicamente con sus amantes.


MILAN KUNDERA, La insoportable levedad del ser.

sábado, 15 de octubre de 2011

Tercer domingo de octubre






Hoy salen rosas, como antes.

A veces me pregunto,cómo es posible que no se me contagie tu envidiable vitalidad.

Amo tus milanesas y tus ñoquis.

Y tus tortillas, aunque no todos los huevos que rompés, terminen en la sartén.

Me gusta la abuela que sos. Adoro que mi hija te extrañe y te ame.

A mi tampoco me gustan los lavaderos, aunque son un mal necesario. Pero estamos contestes en que nadie plancha camisas como vos. Nadie.

Jugábamos a que yo te decía que te iba a hacer juicio, por hacerme tan lindo. Y vos decías que "...lindo lo hizo su padre. Yo lo hice bueno". No siempre las cosas salen bien, pero se de lo mucho que te esforzaste. El resto, es culpa exclusivamente mía.

Estos últimos meses en que volví a ser hijo -plenamente-, comprendí cual es tu máxima enseñanza. Estar en las buenas si te dejan, pero en las malas, siempre. Puedo -podemos- contar con vos en todo momento y a pesar de todo.

Tu legado, Esthercita, será la incondicionalidad.

Feliz día, vieja.


















domingo, 13 de febrero de 2011

Such small hands


(E.E. Cumings sabía de vos.....?)
En algún lugar al que nunca he viajado,
felizmente más allá de toda experiencia,
tus ojos tienen su silencio:
En tu gesto más frágil hay cosas que me rodean
o que no puedo tocar porque están demasiado cerca.

Con solo mirarme, me liberas.
Aunque yo me haya cerrado como un puño,
siempre abres, pétalo tras pétalo mi ser,
como la primavera abre con un toque diestro
y misterioso su primera rosa.

O si deseas cerrarme, yo y
mi vida nos cerraremos muy bella, súbitamente,
como cuando el corazón de esta flor imagina
la nieve cayendo cuidadosa por doquier.

Nada que hayamos de percibir en este mundo iguala
la fuerza de tu intensa fragilidad, cuya textura
me somete con el color de sus campos,
retornando a la muerte y la eternidad con cada respiro.

Ignoro tu destreza para cerrar y abrir
pero, cierto es que algo me dice
que la voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas...

Nadie, ni siquiera la lluvia tiene manos tan pequeñas.

EE. Cumings

sábado, 1 de enero de 2011

El Año Nuevo del Hombre Solitario


El Hombre Solitario bajó a la calle poco antes de que den las doce. Consideró inapropiado encerrarse en casa, y buscó un lugar abierto. Adora los fuegos de artificio. Le recuerdan a su hija aupada a él, abrazada a él, frente al río, buscando refugio para el inocente temor que le provocaban el estruendo y la noche repetidamente iluminada.

El Hombre Solitario había tomado la decisión de asumir esa condición. Recibió muchas invitaciones de amigos y familiares para esperar el Año Nuevo, y una a una las había rechazado. Adoptó una postura maximalista, típica de otros tiempos. Sólo la compañía de una persona lo hubiera hecho desistir de recibir el 2011 en soledad. Y no pudo lograr tal cosa. “O tú, o ninguna”, se dijo, parafraseando a Luis Miguel. Ninguna, entonces. Confió en que todos, de enterarse, lo entenderían.

Su caminata resultó apropiada para movilizar sus recuerdos, algunos dormidos, otros urgentes.

El Hombre Solitario se instó a recordar los momentos más felices de su vida. Después del nacimiento de su hija, vino a su mente otro nacimiento, el de su sobrina. Y el día que se recibió su hermana. Ninguno de sus propios logros figuró en ese breve inventario. Pensó en que quizás su autoestima estuviere algo baja.

El Hombre Solitario pasó por delante de una foto en la que un político de traje cruzado y mirar duplicado era retratado tirando besos con ambas manos. Recordó que fue al primer peronista al que le dio su voto. Y se sintió identificado con su furia, su pasión, su lucha por un país más justo, inclusivo, como se dice ahora. Le reconoció que un hombre con semejantes enemigos –los mismos que tuvo Yrigoyen, los mismos que tuvo Alfonsín-, indudablemente debía ser bueno. Se le dibujó una sonrisa. Alzó su mano, como si estuviera brindando por él, auguró la holgada reelección de su esposa, y siguió su camino.

En la cuadra siguiente empezó a recordar sus pasados amores. Dejó de hacerlo enseguida: su destino final no era Mar del Plata. Intentó entonces con sus amores presentes. Y la niebla imaginaria le devolvió varias siluetas, pero no lograba hacerle perder nitidez a aquel rostro suave. Un intenso aroma a vainilla lo acompañó unos metros. Intentó ser condescendiente consigo mismo y juzgó que no estaba enamorado, pero la quería.

El Hombre Solitario pensó en las mujeres que la sangre le había dado, las que no escogió. Mejor así, podría haber cometido el error de no haberlas elegido. Ese si hubiera sido un error no sólo irreparable: imperdonable. Y las extrañaba mientras proseguía su caminata.

Enseguida recordó a sus amigos. No a la inmensa legión que permanece en calidad de tal: él sabe que ellos siempre están, así como él está para ellos. Sino a los que había perdido. Sintió que el dolor lo atravesaba cuando recordó al que ya nunca vería, derribado por un golpe helado en el Estado del Sol. Lagrimeó. Se propuso recuperar gran parte de aquellos a los que en su infinita ceguera forzó a alejarse. Y separó algunos por los que había perdido definitivamente el interés.

Volvió a plantearse, como otras tantas veces, la pregunta que le formulara su ex mujer. Y no logró –aún- identificar el fatal momento en que había dejado de importarle todo. La figura de su padre se le apareció severa, moviendo negativamente la cabeza. Contabilizó las patadas en el culo que no hubiera podido evitar, si el Gallego viviera. Quizás una hubiera bastado para decidir y ejecutar mejor de lo que lo hizo.

Ya nadie caminaba por las calles de Buenos Aires. Corrían. Todos menos él. La medianoche se acercaba

El Hombre Solitario apoyó los antebrazos en la baranda del dique, mientras el cielo comenzaba a iluminarse. Pensó en su hija y lo consoló el hecho de que la niña ya no temía a los fuegos. Por un segundo, sintió frío. Quería apretarla contra él, e imaginó ese abrazo imposible, para alejar el miedo repentino que pretendía invadirlo.

Y así, con el alma abrazada a su hija y lágrimas en los ojos, El Hombre Solitario entendió que nunca había estado solo. Y se sintió inmensamente feliz.