sábado, 15 de octubre de 2011

Tercer domingo de octubre






Hoy salen rosas, como antes.

A veces me pregunto,cómo es posible que no se me contagie tu envidiable vitalidad.

Amo tus milanesas y tus ñoquis.

Y tus tortillas, aunque no todos los huevos que rompés, terminen en la sartén.

Me gusta la abuela que sos. Adoro que mi hija te extrañe y te ame.

A mi tampoco me gustan los lavaderos, aunque son un mal necesario. Pero estamos contestes en que nadie plancha camisas como vos. Nadie.

Jugábamos a que yo te decía que te iba a hacer juicio, por hacerme tan lindo. Y vos decías que "...lindo lo hizo su padre. Yo lo hice bueno". No siempre las cosas salen bien, pero se de lo mucho que te esforzaste. El resto, es culpa exclusivamente mía.

Estos últimos meses en que volví a ser hijo -plenamente-, comprendí cual es tu máxima enseñanza. Estar en las buenas si te dejan, pero en las malas, siempre. Puedo -podemos- contar con vos en todo momento y a pesar de todo.

Tu legado, Esthercita, será la incondicionalidad.

Feliz día, vieja.


















domingo, 13 de febrero de 2011

Such small hands


(E.E. Cumings sabía de vos.....?)
En algún lugar al que nunca he viajado,
felizmente más allá de toda experiencia,
tus ojos tienen su silencio:
En tu gesto más frágil hay cosas que me rodean
o que no puedo tocar porque están demasiado cerca.

Con solo mirarme, me liberas.
Aunque yo me haya cerrado como un puño,
siempre abres, pétalo tras pétalo mi ser,
como la primavera abre con un toque diestro
y misterioso su primera rosa.

O si deseas cerrarme, yo y
mi vida nos cerraremos muy bella, súbitamente,
como cuando el corazón de esta flor imagina
la nieve cayendo cuidadosa por doquier.

Nada que hayamos de percibir en este mundo iguala
la fuerza de tu intensa fragilidad, cuya textura
me somete con el color de sus campos,
retornando a la muerte y la eternidad con cada respiro.

Ignoro tu destreza para cerrar y abrir
pero, cierto es que algo me dice
que la voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas...

Nadie, ni siquiera la lluvia tiene manos tan pequeñas.

EE. Cumings

sábado, 1 de enero de 2011

El Año Nuevo del Hombre Solitario


El Hombre Solitario bajó a la calle poco antes de que den las doce. Consideró inapropiado encerrarse en casa, y buscó un lugar abierto. Adora los fuegos de artificio. Le recuerdan a su hija aupada a él, abrazada a él, frente al río, buscando refugio para el inocente temor que le provocaban el estruendo y la noche repetidamente iluminada.

El Hombre Solitario había tomado la decisión de asumir esa condición. Recibió muchas invitaciones de amigos y familiares para esperar el Año Nuevo, y una a una las había rechazado. Adoptó una postura maximalista, típica de otros tiempos. Sólo la compañía de una persona lo hubiera hecho desistir de recibir el 2011 en soledad. Y no pudo lograr tal cosa. “O tú, o ninguna”, se dijo, parafraseando a Luis Miguel. Ninguna, entonces. Confió en que todos, de enterarse, lo entenderían.

Su caminata resultó apropiada para movilizar sus recuerdos, algunos dormidos, otros urgentes.

El Hombre Solitario se instó a recordar los momentos más felices de su vida. Después del nacimiento de su hija, vino a su mente otro nacimiento, el de su sobrina. Y el día que se recibió su hermana. Ninguno de sus propios logros figuró en ese breve inventario. Pensó en que quizás su autoestima estuviere algo baja.

El Hombre Solitario pasó por delante de una foto en la que un político de traje cruzado y mirar duplicado era retratado tirando besos con ambas manos. Recordó que fue al primer peronista al que le dio su voto. Y se sintió identificado con su furia, su pasión, su lucha por un país más justo, inclusivo, como se dice ahora. Le reconoció que un hombre con semejantes enemigos –los mismos que tuvo Yrigoyen, los mismos que tuvo Alfonsín-, indudablemente debía ser bueno. Se le dibujó una sonrisa. Alzó su mano, como si estuviera brindando por él, auguró la holgada reelección de su esposa, y siguió su camino.

En la cuadra siguiente empezó a recordar sus pasados amores. Dejó de hacerlo enseguida: su destino final no era Mar del Plata. Intentó entonces con sus amores presentes. Y la niebla imaginaria le devolvió varias siluetas, pero no lograba hacerle perder nitidez a aquel rostro suave. Un intenso aroma a vainilla lo acompañó unos metros. Intentó ser condescendiente consigo mismo y juzgó que no estaba enamorado, pero la quería.

El Hombre Solitario pensó en las mujeres que la sangre le había dado, las que no escogió. Mejor así, podría haber cometido el error de no haberlas elegido. Ese si hubiera sido un error no sólo irreparable: imperdonable. Y las extrañaba mientras proseguía su caminata.

Enseguida recordó a sus amigos. No a la inmensa legión que permanece en calidad de tal: él sabe que ellos siempre están, así como él está para ellos. Sino a los que había perdido. Sintió que el dolor lo atravesaba cuando recordó al que ya nunca vería, derribado por un golpe helado en el Estado del Sol. Lagrimeó. Se propuso recuperar gran parte de aquellos a los que en su infinita ceguera forzó a alejarse. Y separó algunos por los que había perdido definitivamente el interés.

Volvió a plantearse, como otras tantas veces, la pregunta que le formulara su ex mujer. Y no logró –aún- identificar el fatal momento en que había dejado de importarle todo. La figura de su padre se le apareció severa, moviendo negativamente la cabeza. Contabilizó las patadas en el culo que no hubiera podido evitar, si el Gallego viviera. Quizás una hubiera bastado para decidir y ejecutar mejor de lo que lo hizo.

Ya nadie caminaba por las calles de Buenos Aires. Corrían. Todos menos él. La medianoche se acercaba

El Hombre Solitario apoyó los antebrazos en la baranda del dique, mientras el cielo comenzaba a iluminarse. Pensó en su hija y lo consoló el hecho de que la niña ya no temía a los fuegos. Por un segundo, sintió frío. Quería apretarla contra él, e imaginó ese abrazo imposible, para alejar el miedo repentino que pretendía invadirlo.

Y así, con el alma abrazada a su hija y lágrimas en los ojos, El Hombre Solitario entendió que nunca había estado solo. Y se sintió inmensamente feliz.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Sé feliz.

Hoy me doy cuenta que te vas, mejor dicho, que volvés. Y me acordé de tantos ristrettos invertidos, tantas mañanas de sábado escuchando confesiones de alcoba, anécdotas de tu hijo y carcajadas. Esa risa franca y contagiosa. Tus cachetes. Juana corriendo por la calle haciendo caso omiso a mis desesperados pedidos para que se detenga, para que pare…y vos riéndote desde la vereda de enfrente. Me acordé de esta canción, preludio de aquellas vacaciones irrepetibles. Y de la imagen de tus brazos extendidos pidiéndole a los gritos al mar que me devuelva salvo a la playa de Copa. De todo corazón, que seas muy, muy feliz, porque te lo mereces.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Mal sueño

Ahora mi cuerpo es sacudido por
pesadillas. Ya no eres
el mismo: el que amó,
que se arriesgó.
Ya no eres el mismo, aunque
tal vez mañana todo se desvanezca
como un mal sueño y empieces
de nuevo. Tal vez
mañana empieces de nuevo.
Y el sudor, el frío,
los detectives erráticos,
sean como un sueño.
No te desanimes.
Ahora tiemblas, pero tal vez
mañana todo empiece de nuevo.
Roberto Bolaño
La Universidad Desconocida
(el título es mío)

domingo, 7 de noviembre de 2010

Sostenes


Hay imágenes que disparan historias.

Los egipcios concibieron a la Tierra como un dios recostado al que llamaban Keb (Geb, para los griegos), cubierto de vegetación y a los cielos como una diosa (Nut) encorvada por el dios de la atmósfera. Para ellos Keb era el centro del Universo, que flotaba sobre un lecho acuoso, el Nun, que la mantenía a flote en medio de un mar u océano. Sobre la superficie se curvaba la bóveda celeste. Para que el cielo no cayese sobre la Tierra, estaba sostenido por cuatro pilares, situados en los cuatro puntos cardinales. A veces estos pilares eran sostenidos por cuatro montañas o por personajes mitológicos o por Shu el dios del aire y de la luz.

El pilar Djed era el símbolo egipcio representado por una columna con base y capitel. En la parte superior de la columna el capitel estaba dividido en cuatro barras paralelas. Era el símbolo del dios Osiris deidad de la fertilidad y regeneración del Nilo y representaba su columna vertebral. El vocablo djed significaba ascensión de la vida y como jeroglífico se refiere a la estabilidad. Cada nuevo faraón mandaba erigir una columna djed a gran escala para conferir estabilidad a su reinado, conforme al modelo divino. El mismo la enderezaba cuando la columna estaba tumbada en el suelo. De este modo recreaba la columna vertebral de su reino. Este acto también representaba la resurrección de Osiris en el nuevo gobernante y su subsiguiente triunfo sobre Seth, Señor del mal y las tinieblas, dios de la sequía y del desierto.

Aunque en el siglo II el astrónomo egipcio Ptolomeo ya había presentado la teoría de que la Tierra era redonda, en el siglo XV las creencias populares aseguraban que la Tierra era más o menos plana y que estaba sostenida por cuatro columnas, cuatro tortugas o cuatro elefantes. En los mapas de entonces sólo figuraban Europa, Asia y África. El océano Atlántico era un misterio... Lo llamaban el Mar Tenebroso y, según leyendas de la época, estaba poblado por sirenas, dragones y monstruos que devoraban a los marinos.

El monte Meru es una montaña mítica, considerada sagrada en varias culturas. Para los hindúes este monte está sostenido por cuatro pilastras de oro, plata, cobre y hierro, cada uno teñido de uno de los colores distintivos de las cuatro castas, el blanco para los Bramanes, el rojo para los Chatrias, el amarillo para los Vasias y el negro para los Sudras. El cielo era una cúpula sostenida por figuras femeninas gigantescas y la Tierra estribaba en cuatro elefantes parados sobre el dorso de una tortuga, la que a su vez, está equilibrándose sobre una cobra. Estos animales le otorgan estabilidad al planeta de tal manera que si cualquiera se mueve, la Tierra tiembla. Es una de las leyendas hindúes que explican los terremotos.

Una cariátide (en griego antiguo Καρυάτις) es una figura femenina esculpida, con función de columna o pilastra, con un entablamento que descansa sobre su cabeza. El más típico de los ejemplos es la Tribuna de las Cariátides en el Erecteión, uno de los templos de la Acrópolis ateniense. Su nombre quiere decir “habitantes de la región de Caria”, cuya capital era Halicarnaso, la ciudad natal de Heródoto, en Asia Menor, hoy Turquía. Sus habitantes fueron exterminados durante las Guerras Médicas y sus mujeres condenadas a llevar las más pesadas cargas. Se las esculpe a ellas, en lugar de columnas típicamente griegas, para que estén condenadas a aguantar el peso del templo.

Veo la foto en blanco y negro. Me reconozco contento, feliz. Estoy con las mujeres que la sangre me dio, las que no escogí. Mejor así, podría haber cometido el error de no haberlas elegido. Ese si hubiera sido un error no sólo irreparable: imperdonable. Estoy con Juana, Mamá, Ale y Male. Y esa imagen trae a mi mente todas estas historias, con recurrentes denominadores comunes: sostén, pilar, cuatro, estabilidad, figuras femeninas.

Ellas cuatro me hacen sentir cielo y Tierra, Osiris y faraón, monte sagrado y templo. Es decir, central e importante. Querido. Siempre experimenté eso y más aún en los momentos en que se caía el cielo, o la tierra estaba a punto de tragarme. Ellas estaban apuntalando mi resurrección y perdonando mi vanidad.

Y aún siguen ahí, sosteniéndome.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Si supieras

Si supieras que cada mañana me levanto y miro si estás conectada. El botón verde precediendo tu nombre en el Messenger abriga la esperanza de un saludo. Y lo espero como el campo a la lluvia. 

 Si supieras que visito tu perfil cada instante que paso frente a la máquina. Que trato de imaginar el destinatario de tus entradas. Que odio el ninguneo de mis comentarios. 

Si supieras que cada vez que pienso en un abrazo, pienso en tus brazos. Cada vez que la angustia me reclama una caricia pienso en tus manos. Cada vez que mi cuerpo pide un descanso, pienso en tu cama, tan ancha. Cada vez que me imagino anciano, estas ahí, conmigo. 

Si supieras como anhelo nuestros encuentros, hoy bimestrales. Cuánto espero los meses impares para entregarme y verte entregada. 

Sólo a Juana extraño más que a tu olor. 

Serás vos la que llama? Si supieras como me enoja que no lo seas. 

Pero no sabrás nada de esto. Jugamos a que te ignoro. Y sólo así tengo tu saludo, recibo tu llamado, y podré estar entre tus brazos, recibir tus caricias, relajar mi cuerpo, tenerte…. 

El día que me creas, sabrás lo mucho que te quiero.